Un cuento de Navidad (Arnaud Desplechin, 2008)

Cartel promocional de la película Un Cuento de Navidad, dirigida por Arnaud DesplechinYo soy de los que piensan que el arte ha de ser, en su base, humanista. Me cuesta concebir algo que sea ajeno al ser humano, esto es, a la vida. Toda representación ha de desentrañar aspectos vitales, que se respire aire, aunque sea contaminado, pero aire.

Los huecos bajo techo, las heridas cerradas, cicatrizadas, no producen sino vacío, esa sensación de desesperante movimiento mecánico.

Las películas se han desarrollado como elementos mecánicos, químicos, y ahora electrónicos que se retuercen una y otra vez para hablar de una flor. La vida, así sin más. El otro día hablaba con un amigo sobre el concepto, trilladísimo, del buen y el mal cine, sobre lo que es comercial y lo que no, y yo llegué a la conclusión de que todo es comercial. Nadie se funde el dineral que cuesta hacer una peli para que otro se ahorre las sesiones de psicoanalista. Y es que el cine no es gratis, ni para el creador, ni para el productor, ni siquiera para el espectador. Luego tiene que haber algo más. Y ese algo debe tener que ver con el hombre, ya que es quién lo crea y consume.

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Un film comme les autres (Jean Luc Godard, 1967)

Imagen promocional de la película Un film comme les autres de Jean Luc GodardMi relación con Godard es de amor-repulsión, me ocurre lo mismo con Medem, Greenaway, Bebe… Vamos que caigo una y otra vez y siempre acabo viendo sus pelis, aunque me arrepienta muchas veces.

Antes de que me aplaudan unos y me abucheen otros diré que Godard es una de las personalidades más necesarias del cine moderno y que su obra, aunque pretenciosa e insoportable en ocasiones, es fundacional y destaca sobre la de la mayoría.

Su militancia comunista, que apoyo, le incapacita para realizar films divertidos o al menos apasionantes, que no apoyo. Recuerdo Week-end o Tout va bien como torturas dignas del Fassbinder más inspirado, pero Al final de la escapada, A bande apart, Le mepris, Vivre sa vie y tantas otras han conseguido, a empujones, colocarse en posiciones muy altas de mi ránking personal e intransferible.

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Vixen (Russ Meyer, 1968)

Cartel promocional de la película Vixen dirigida por Russ MeyerEl friki pajillero de los 70 (cuando el friki estaba mal visto, no como ahora) le debe mucho a Russ Meyer, y es que su saga Vixen fue un rompetaquillas morboso y tetón que no dejaba a nadie insatisfecho. Sus guiones eran absurdos, a menudo estaban mal interpretados, no tenían ni pies ni cabeza y, en ocasiones, el mal gusto y una mentalidad un tanto enfermiza parecía caracterizar al autor de tan aberrantes historias.

Serie b a mucha honra, las películas de Meyer eran chapuceras, rozaban lo infantil, y aquella obsesión por los pechos exagerados y los polvos salvajes, por las carreras de coches y aquellas mujeres, zorrones capaces de acostarse con cualquiera, eran el pilar donde se asentaban unas historias mínimas, pero muy rentables. Con lo que se deduce que el amigo Meyer no era tan tonto como parecía.

Escenas de sexo, nunca explícito, aunque constante, incluido vello púbico (no olvidemos que estamos en 1968 y en una de las escenas una chica se acuesta con su hermano). Ese el cine de Russ Meyer, un bárbaro, mucho más interesante de lo que puede parecer a primera vista. Sus filmes contienen un alto contenido experimental, es un estructuralista radical, pasa del terror al humor sin pestañear, se acerca al documental, al cine de acción, incluso al político. Todo sin olvidar esas delanteras que se convirtieron en marca de la casa. Hoy solo nos queda decirle a Russ Meyer y perdonen el chiste: el busto es nuestro.

Flirt (Hal Hartley, 1995)

Cartel promocional de la película Flirt de Hal HartleyHay veces en que resulta muy difícil adivinar donde estriba la supuesta genialidad o el prestigio de una persona u otra. Muchas veces alguien es erigido como icono o ídolo de algo y hay que aceptarlo para no quedar en ridículo, como aquellas personas que no podían reconocer que su rey estaba desnudo ante ellos.

Yo no voy de niño que delata la desnudez de ninguna monarquía, pero no entiendo que ha visto nadie en los films de Hal Hartley. Hoy, con una obra asentada, es considerado como el paradigma de cierto cine independiente, o indie, que mola más aunque en el fondo da más miedo. Claro que no es lo mismo un cine indie de un pais x que un cine indie neoyorquino, donde parece que cualquier bazofia es vanguardia. Pues si estas pelis son vanguardia, lo siento mucho, pero prefiero quedarme en la retaguardia.

Snob, intelectualoide de salón, vacío, aburrido, repetitivo, pedante, el cine del Medem neoyorquino es una apuesta por el “vamos a dejar boquiabiertos al respetable, que me adoren”. Algo de lo cual es muy libre, pero que dice mucho de su apuesta por la auténtica narración y por el arte. Si me quieres contar tres veces la misma historia, cuéntamela, pero no tienes que irte a tres países diferentes, ya sabemos que el ser humano se comporta de igual manera aquí (Nueva York claro, aquí siempre es America) que en Tokio. Pero es que es más fashion ¿no?

En fin, que si queréis ver tres veces la misma historia, esto es, tirarte hora y media para ver lo que ya te han contado en la primera media hora, esta es tu peli.

Mishima (Paul Schrader, 1985)

Carátula del DVD de la película Mishima de Paul SchraderLlevaba muchos años queriendo ver esta rareza de uno de los guionistas más interesantes del cine americano. Un film inencontrable durante años y años y que estos días se reestrena (en formato dvd, eso sí) en algunas salas de arte y ensayo, como dicen los mayores.

El film es de una libertad experimental impresionante, teniendo en cuenta que la producen Coppola y George Lucas (los directores que más me gustan como productores que como directores propiamente dicho).

Resulta extraño ver esta especie de biopic, que no es tal, de una de las personalidades más desconocidas de la literatura. Muchos conocen a Mishima, el nombre, pero muy pocos saben mucho más, entre los que me incluyo. De hecho nunca he leído nada de él, y tras ver la peli creo que nunca me lo tomaré muy en serio.

Las dos horas de metraje se dividen en tres fases narrativas bien diferenciadas: los últimos momentos de Mishima, con una fotografía digna de las películas de Ken Loach, un paso intermedio en pasado, en riguroso blanco y negro, y la parte más experimental, una colorista representación, muy teatral, de varias de las novelas del escritor.

Es una película que no ha envejecido muy mal (quizás la parte teatral sea la que peor lleva su edad) y que se sigue con la misma intensidad que la partitura de su banda sonora, firmada por el gran Philip Glass. Una película que, esperemos, Sherlock la saque dentro de poco en dvd.