Un cuento de Navidad (Arnaud Desplechin, 2008)
Yo soy de los que piensan que el arte ha de ser, en su base, humanista. Me cuesta concebir algo que sea ajeno al ser humano, esto es, a la vida. Toda representación ha de desentrañar aspectos vitales, que se respire aire, aunque sea contaminado, pero aire.
Los huecos bajo techo, las heridas cerradas, cicatrizadas, no producen sino vacío, esa sensación de desesperante movimiento mecánico.
Las películas se han desarrollado como elementos mecánicos, químicos, y ahora electrónicos que se retuercen una y otra vez para hablar de una flor. La vida, así sin más. El otro día hablaba con un amigo sobre el concepto, trilladísimo, del buen y el mal cine, sobre lo que es comercial y lo que no, y yo llegué a la conclusión de que todo es comercial. Nadie se funde el dineral que cuesta hacer una peli para que otro se ahorre las sesiones de psicoanalista. Y es que el cine no es gratis, ni para el creador, ni para el productor, ni siquiera para el espectador. Luego tiene que haber algo más. Y ese algo debe tener que ver con el hombre, ya que es quién lo crea y consume.
Mi relación con Godard es de amor-repulsión, me ocurre lo mismo con Medem, Greenaway, Bebe… Vamos que caigo una y otra vez y siempre acabo viendo sus pelis, aunque me arrepienta muchas veces.
El friki pajillero de los 70 (cuando el friki estaba mal visto, no como ahora) le debe mucho a Russ Meyer, y es que su saga Vixen fue un rompetaquillas morboso y tetón que no dejaba a nadie insatisfecho. Sus guiones eran absurdos, a menudo estaban mal interpretados, no tenían ni pies ni cabeza y, en ocasiones, el mal gusto y una mentalidad un tanto enfermiza parecía caracterizar al autor de tan aberrantes historias.
Hay veces en que resulta muy difícil adivinar donde estriba la supuesta genialidad o el prestigio de una persona u otra. Muchas veces alguien es erigido como icono o ídolo de algo y hay que aceptarlo para no quedar en ridículo, como aquellas personas que no podían reconocer que su rey estaba desnudo ante ellos.
Llevaba muchos años queriendo ver esta rareza de uno de los guionistas más interesantes del cine americano. Un film inencontrable durante años y años y que estos días se reestrena (en formato dvd, eso sí) en algunas salas de arte y ensayo, como dicen los mayores.
