Un cuento de Navidad (Arnaud Desplechin, 2008)
Yo soy de los que piensan que el arte ha de ser, en su base, humanista. Me cuesta concebir algo que sea ajeno al ser humano, esto es, a la vida. Toda representación ha de desentrañar aspectos vitales, que se respire aire, aunque sea contaminado, pero aire.
Los huecos bajo techo, las heridas cerradas, cicatrizadas, no producen sino vacío, esa sensación de desesperante movimiento mecánico.
Las películas se han desarrollado como elementos mecánicos, químicos, y ahora electrónicos que se retuercen una y otra vez para hablar de una flor. La vida, así sin más. El otro día hablaba con un amigo sobre el concepto, trilladísimo, del buen y el mal cine, sobre lo que es comercial y lo que no, y yo llegué a la conclusión de que todo es comercial. Nadie se funde el dineral que cuesta hacer una peli para que otro se ahorre las sesiones de psicoanalista. Y es que el cine no es gratis, ni para el creador, ni para el productor, ni siquiera para el espectador. Luego tiene que haber algo más. Y ese algo debe tener que ver con el hombre, ya que es quién lo crea y consume.
Siempre me han parecido forzadas las historias de familias que se reencuentran por Navidad o por la enfermedad de alguno de los integrantes. Me costaba entender la creación de un género en sí mismo. Gente echándose los trastos a la cabeza para acabar tomándola con el pobre pavo.
No soy de los que odian la Pascua, ni las reuniones familiares, pero no eran un tema que me apasionase. No obstante recuerdo el estreno de Celebración de Winterberg como un pequeño gran estallido en mi concepto de “ver” películas. Y creo que fue la última película que vi de esa temática.
Arnaud Desplechin, ese gran desconocido en nuestro país, es el enésimo cineasta francés que firma grandes películas que diseccionan nuestro mundo en presente, desde el hombre (otros serían por ejemplo, Eric Zonka, Olivier Assayas, Laurent Cantet), un cineasta osado, capaz de sacrificar una inmensa lírica por una puesta en escena, en ocasiones, trasgresora, o por lo menos atípica. Dibujante preciso de perfiles, sus personajes callan más de lo que hablan, y eso que hablan y mucho, sus films son trocitos de vida(s), como en los films de Nobuhiro Suwa, cuyos planos acaban con el fín del propio celuloide.
Desplechin se atreve con un subgénero netamente yanqui, y supongo que a más de uno echará para atrás tanto el título, como la portada (de comedia mala), como de su premisa argumental, pero no olvidemos que estamos en Europa, que el cine no siempre es lo que parece y que, en este caso, el autor es un caso sobresaliente del nuevo cine francés.
Desde los primeros planos ya nos vamos dando cuenta que no vamos a ver una película al uso, al menos en su género. Se nos presentan a los personajes de diversas formas, a cada cual más expresionista, sin dejar de evocar el juego de luces y sombras que es el cine y la vida en definitiva. Enredos familiares que darían pie a una comedia enloquecida que no se da porque el interés de Desplechin es otro, alejado del vodevil. Y es que hablamos de personas que ríen y lloran, que sufren y hacen daño, de héroes y villanos, de poliedros con patas con sus complejos y complejidades, vamos, de esa institución que es el núcleo familiar. Hay humor, hay drama, hay odios y pasiones, hay vida, mucha vida. Quizás por eso es una de las mejores películas que he visto en mucho tiempo, porque no es una maquinita, es un corazón que late.


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