Mishima (Paul Schrader, 1985)
Llevaba muchos años queriendo ver esta rareza de uno de los guionistas más interesantes del cine americano. Un film inencontrable durante años y años y que estos días se reestrena (en formato dvd, eso sí) en algunas salas de arte y ensayo, como dicen los mayores.
El film es de una libertad experimental impresionante, teniendo en cuenta que la producen Coppola y George Lucas (los directores que más me gustan como productores que como directores propiamente dicho).
Resulta extraño ver esta especie de biopic, que no es tal, de una de las personalidades más desconocidas de la literatura. Muchos conocen a Mishima, el nombre, pero muy pocos saben mucho más, entre los que me incluyo. De hecho nunca he leído nada de él, y tras ver la peli creo que nunca me lo tomaré muy en serio.
Las dos horas de metraje se dividen en tres fases narrativas bien diferenciadas: los últimos momentos de Mishima, con una fotografía digna de las películas de Ken Loach, un paso intermedio en pasado, en riguroso blanco y negro, y la parte más experimental, una colorista representación, muy teatral, de varias de las novelas del escritor.
Es una película que no ha envejecido muy mal (quizás la parte teatral sea la que peor lleva su edad) y que se sigue con la misma intensidad que la partitura de su banda sonora, firmada por el gran Philip Glass. Una película que, esperemos, Sherlock la saque dentro de poco en dvd.


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Te dejo por aquí algo que escribí…:
“Mishima” llegó a los cines de España en marzo de 1986. No llegó a 65.000 espectadores. En Estados Unidos tampoco fue precisamente un taquillazo y en Japón ni siquiera llegó a estrenarse. Sin embargo, la crítica siempre la ha considerado como la mejor película de su director. A raíz de su reestreno, el tono se ha elevado y ya hay quien la califica de obra maestra. Yo estoy lejos de tal consideración, pero sí reconozco en “Mishima” la virtud de ser una película libre.
Y no diré experimento cinematográfico porque Schrader da la impresión en todo momento de saber lo que está haciendo: una estructura tan precisa, una fotografía de unos tonos tan definidos en función de si nos encontramos en la vida real(uso del B/N o en los mundos oníricos de Mishima) color saturado, neón que uno no puede evitar relacionar con “Blade Runner” o imaginaria… no es fruto de un experimento, sino de una idea cinematográfica muy pensada. Una saturación de color sólo superada por la Banda Sonora de Phillip Glass que, como casi siempre, quiere imponerse a las imágenes: hermosísima para ser escuchada en disco, qué antiguo suena ya escribir esto, pero de excesiva presencia mientras ves el filme.
Para quien no lo sepa, Yukio Mishima fue un escritor japonés tres veces propuesto para el Nobel de Literatura. Nacido en 1925, se suicidó cometiendo seppuku lo que popularmente conocemos como “hacerse el haraquiri” en 1970. Si Mishima no hubiera existido Schrader lo hubiera inventado, porque es un personaje que le va como anillo al dedo a su universo. El universo Schrader es, como todo el mundo sabe, el de Travis Bickle en “Taxi Driver”: personajes que aborrecen el mundo en el que viven, particularmente por la decadencia moral que observan en la sociedad.
Ante la imposibilidad o el fracaso a la hora de cambiar esa realidad, la única salida posible y honorable es la muerte, que acaba resultando un valor en sí mismo. Así que la fórmula matemática de “Mishima” es la decadencia moral que observamos en “Taxi Driver” unido a la cultura samurai y su férreo sentido del honor que Schrader ya había explorado en el guión que escribió para la esta sí obra maestra de Sidney Pollack: “Yakuza”.
Con este concepto de partida, Schrader opta por llevar a la pantalla la vida de Mishima de la única manera que entiende posible: a través de su obra: así, junto a leves apuntes biográficos que aparecen en blanco y negro, el color se desata para ilustrar en segmentos de unos quince minutos algunas de las principales obras del escritor japonés: “El pabellón de oro”, “La casa de Kiyoko” y “Caballos desbocados”. Significativamente, el color aparece también en los momentos finales de la vida de Mishima, como si el discurso ante los soldados japoneses fuera la última obra escrita por el autor.
Schrader no hace ninguna concesión al espectador y no hay razón para ocultar que “Mishima” es una película difícil que no entra por la cabeza, ni siquiera por el corazón, sino por las tripas. Hay momentos de gran belleza, como un asesinato que se produce después de que alguien rasgue la tela de un cuadro; como si el arte fuera capaz de matar a las personas. Pero son momentos aislados dentro de un filme incómodo para el espectador. Incómodo porque le descoloca, por su ocasional brutalidad, porque quizá no entiende a Yukio Mishima. Pero ¿no era esa precisamente la idea?
Por raul martínez el 06.09.09 20:52
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