Ciclo. Peter Greenaway. El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989)

Portada del Dvd de la pelicula El Cocinero, El Ladrón, su Mujer y su Amante de Peter GreenawayUna visita, netamente horizontal, de izquierda a derecha, una lluvia en la noche, unos perros, un niño que canta, la cocina, la labor, una oscuridad plástica, como de cuadro de Bacon. Y los comensales. El cine de Greenaway se muestra como una caja repleta de cajitas sorpresa, y siempre sorprende a pesar de jugar con ingredientes comunes. Sus películas destilan sexo y carnalidad, elementos afeados, embrutecidos, como el color negro (que extraño resulta comer algo de color negro). La arquitectura de sus planos, la metodología de los movimientos de cámara, ese vals crepuscular, exasperante por su repetición, su eterno retorno (cine muy Nietzscheano el del británico) son señas que no faltan en el festín, que esta vez se antoja indigesto como ese otro film “La gran comilona” del gran Marco Ferreri. Experiencia única, como un plato combinado con postre de hígados, la sangre se huele, se saborea, como la carne en los servicios del restaurante, donde se practica un coito sucio y adúltero, en un fresco de la condición (in)humana muy del gusto de Greenaway. El horror está servido en bandeja de plata. Que aproveche.


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[...] Trabajos como éste pueden caer en la mala interpretación, la que siempre sufren gente como Greenaway o algun cineasta japonés; el de ser despachado como un cine pretencioso, aburrido y pedante. La obra que hoy presentamos tiene el inconveniente, o acierto, de componerse de unicamente cinco planos fijos (a excepción del primero, donde la cámara sigue el baile que se traen las olas del mar con una madera) donde se deja pasar el tiempo. Cinco planos de algo más de 10 minutos cada uno, donde exactamente todo es al azar. El unico artificio creativo es la colocación de la cámara, y dar al botón rec. No faltará quien diga que eso es un engaño, y quién se rinda a sus pies. Yo ando por una cuerda floja entre ambos. No me parece una obra maestra pero admiro fervientemente su propuesta, algo que en su momento no me pasó con “El fulgor” de Ramon Lluis Bande y que hoy, por caprichos de los días y de las ideas valoro más. [...]



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