Ciclo. HayaoMiyazaki. MiVecinoTotoro (1988)
Al otro lado siempre está lo imprevisto, lo que se oculta por miedo a la cotidianidad. Ellas saben que existe Totoro, saben de los cuentos y viven con naturalidad su fantasía.
No extrañan la aparición de un gato-bus y los trucos del conejo para hacer crecer las semillas se convierten en un baile juguetón.
Los fantasmas del polvo se marcharán si sonreímos, no, si reímos a carcajadas. Nunca pierden su inocente alegría y juegan en su nueva casa. Su madre está hospitalizada y su padre les apoya en todo. Aquí los mayores también creen en los fantasmas y no regañan a los pequeños.
La vía de escape a una realidad más triste de lo que parece puede hallarse tras esos matorrales. Es cuando la pequeña encuentra más bellotas y a su amigo, su espíritu de la colmena, del bosque en este caso, con el que las niñas se ven arropadas, a pesar del miedo inicial.
Y sin embargo entre la fantasía se escapa la vida, las pequeñas cosas que hacen que los días sigan correlativamente en orden.
Todo transcurre tan sencillo y tan alegre que no se desea el final, continuaríamos toda la vida en esa casa, ese bosque, esa parada de bus.
Sabemos que para volar no hacen falta alas ni aviones, que para surcar caminos nos basta con un gato-bus y que la mejor forma de soñar es estar despierto.


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