Soy Cuba (Mikhail Kalatozov, 1961)
Scorsese se ha convertido en una figura clave en el cine no solo por las maravillosas películas que firma, sino también por todas las películas que descubre y Soy Cuba es una de ellas. No se trata de un film grandioso, al menos en el sentido artístico, y es que la película, una superproducción soviética sobre la isla, no gustó en su momento ni a propios ni a extraños, y es que se pierde en la técnica del deslumbramiento. Sus acrobacias técnicas, sus largos planos con grúas imposibles, sus piruetas grandilocuentes se quedan en eso, puro artificio. Y es una pena, porque es fácil engancharse a tanto brillo, a unos planos cuidados. Lástima de guión.
La historia se vertebra a lo largo de cuatro historias (por favor, basta de films episódicos, ¿no se dan cuenta que no hay una peli buena que sea de episodios?) que intentan contar los diversos dramas de una sociedad donde ha triunfado el comunismo. Y es que no deja de ser un panfleto político a favor de Fidel y los suyos. Es una pena que tantos medios acaben por enterrar un film, rescatado del olvido 40 años después y descubrir que, medio enterrados, estaban mejor. Aún así hay que reconocer la labor arqueológica y fundamental de Scorsese, quizás el último romántico en esto del cine.
Como complemento interesantísimo El Mamut Siberiano, un documental que Vicente Ferraz hizo en 2005 sobre los vericuetos de dicho rodaje en La Habana con los actores y técnicos, años después recordando la experiencia. Curiosamente no hablan excesivamente bien ni del film ni del director. Algo que engrandece aún más el misterio.
Antes de su meteórica ( y ascendente) carrera, Fernando Trueba filmó la que para mí es su mejor película, un documental metalingüístico sobre una de las personalidades más fascinantes y desconocidas de la canción en castellano; esto es Chicho Sanchez Ferlosio. Un anarquista, un poeta, un cantante callejero maravillosamente incorrecto, hablador, extraño, excesivo, culto e impenitente buscador de verdades, capaz de ver contradiccciones en diversas ediciones de la Biblia, creador de un silabario del castellano, jugador de extrtañas cosas matemáticas, estudioso del idioma y de los números, el documental es un placer y no solo por verle hablar como si hubiese nacido para estar delante de la cámara, él que casi nunca fue protagonista en nada.
Hay películas que deseas que acaben para contarle a un amigo o familiar lo buena que es, otras para destriparla con otro de tu misma opinión, y otras en las que sabes que es imposible hablar de ellas, porque la función es tan compleja que solo puedes recomendar a alguien para que la vea y saque sus propias conclusiones.
Mi relación con Godard es de amor-repulsión, me ocurre lo mismo con Medem, Greenaway, Bebe… Vamos que caigo una y otra vez y siempre acabo viendo sus pelis, aunque me arrepienta muchas veces.
El friki pajillero de los 70 (cuando el friki estaba mal visto, no como ahora) le debe mucho a Russ Meyer, y es que su saga Vixen fue un rompetaquillas morboso y tetón que no dejaba a nadie insatisfecho. Sus guiones eran absurdos, a menudo estaban mal interpretados, no tenían ni pies ni cabeza y, en ocasiones, el mal gusto y una mentalidad un tanto enfermiza parecía caracterizar al autor de tan aberrantes historias.
