El Hombre De Londres (Béla Tarr, 2007)

Cartel promocional de la película El Hombre de Londres de Béla TarrUn hombre mira. Es su trabajo, mirar. La noche, afuera es fría y a través de los empañados cristales se desarrolla su trabajo. Mirar. El puerto está casi siempre vacío. Llegan barcos que sirven de enlace con un tren en perpetua espera. Todo parece demorarse, incluida la muerte, con su impertérrita espera, su insolente paciencia, la del que sabe de su triunfo final. Y un hombre mira.

Lo malo de un cine como el de Béla Tarr es que su apuesta lo aleja de las salas comerciales. De hecho creo que ninguna de su filmografía ha conocido cobijo nacional. No importa. Hoy tenemos (y ya me empiezo a repetir) un legado semidesvelado gracias a los discos digitales versátiles (DVD) y a las conocidas colecciones cinematográficas de una importante plataforma comercial francesa (no tengo que decir su nombre ¿verdad?)

Todos los días son iguales, fotocopias en blanco y negrísimo del día anterior, pero de pronto, a lo lejos, una diminuta explosión carnal, un crimen, una tilde en una vida de minúsculas, un in crescendo en un lánguido adagio. Y un hombre que mira, lo ve. Perdido en un suelo mojado y oscuro un maletín lleno de dinero.

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Ponyo En El Acantilado (Hayao Miyazaki, 2008)

Imagen promocional de la película Ponyo en el AcantiladoEl cine de Hayao Miyazaki posee algo que muchos cineastas buscan, muchos de ellos sin conseguirlo jamás; un lenguaje propio, basado en una poética de apabullante imaginación, sin caer en los excesos del cine de fantasía. Sus historias, casi siempre protagonizadas por niños que no se extrañan por las maravillas de lo desconocido, que nunca retroceden ante la aventura como único sentido a sus vidas, se desarrollan como en cascada, explotando infinitos mundos en uno para desembocar en los sentidos, en la persona.

Tremendamente humanista, su cine como el de Ozu explora los vericuetos que se esconden en sus protagonistas, en todo eso que se agazapa bajo la piel y firma películas asombrosamente bellas y dotadas de una sensibilidad que sobrecoge al más pintado.

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Nostalgia Del Hogar (Martin Scorsese, 2004)

Carátula del DVD de Nostalgia del Hogar de Martin ScorseseAl bueno de Scorsese le debemos mucho del mejor cine hecho en los últimos 30 años, pero no solo el firmado por él, también por el que nos brinda como productor-descubridor (a muchos ni les sonaría el nombre de Kurosawa sin su, lo siento, apadrinamiento a principios de los 90). Pero hoy voy a hablar de un proyecto del neoyorquino en el que también pone su firma, y es que me estoy refiriendo, claro, a esa pedazo de serie documental llamada The blues.

Y la primera pieza de engranaje de ésta búsqueda de las raíces de una música viene con su nombre. El recorrido de Corey Harris, bajista, por los diferentes países, en busca de la identidad de un sonido, el de la tierra, recuerda a la moraleja de El alquimista de Coelho (pido perdón por el inciso new age).

Correcto documental, sin grandes aspiraciones, ni asomo de autoría por ningún lado, un despojo de estrellismo, donde la luz viene de la propia música y sus ejecutantes. Aquí Scorsese, siempre tan listo, sabe que no es el protagonista esta vez. Aunque no podemos dejar de darle las gracias con lágrimas en la cara.

Control (Anton Corbijn, 2007)

Poster promocional del biopic sobre Ian Curtis titulado Control y dirigido por Anton CorbijnVaya por delante que, para mí, Joy Division es un grupo sobrevalorado, mitificado como el Che por la muerte prematura del leader, pero que de seguir, hoy serían de la escuela de U2, Depeche Mode y tantos grupos sobrevalorados de la escena. Pero tenían a su propio Jim Morrison, esta vez un jovencito Ian Curtis, insoportable niñato arty, pre-emo, incapaz de quererse ni querer a nadie. Ególatra disfrazado de sensible autor, sus días eran un devenir de los propios días. Unos pijos chicos de barrio pobre, lo peor de lo peor, vamos.

Entiendo que ver una extraña película de Herzog te puede empujar a colgarte del tenderete de la ropa, pero no cuando tu chica es Samantha Morton, perdón, ya estoy en el film, no en la vida real. Tus días son en blanco y negro, pero fotografiados por Anton Corbijn, el holándes nada errante que firma su ópera prima dedicada exclusivamente a ti, te quejarás, y tú sigues con esa cara de corderito ante Jodie Foster. No, personajes no. Haz música y ten el valor de vivir de ello.

El film es un ejercicio de fotografía móvil, pero poquito más, como la propia historia del grupo y de Curtis. Una épica inexistente, inflada y dramatizada para llegar a las 2 horas de humo que nos vende el enésimo director de videoclips metido a cineasta. Aquí más de uno ha perdido el control…

Nömadak Tx (Raúl De La Fuente, 2008)

Cartel promocional del documental Nomadak Tx de Raúl de la FuenteÖreka Tx es un duo de txalapartaris (musicos de txalaparta, instrumento vasco que se toca entre dos personas), apadrinados por Kepa Junkera, y movidos por la misma inquietud que éste; la búsqueda de nuevos sonidos y la querencia por tocar con gente de muchas partes del planeta. Su primer disco, Quercus endorphina, ya sentaba muchas bases sobre lo que sería su aportación musical, pero para su segundo largo, Nömadak tx, el salto sería doble, y mortal, y por eso hicieron hasta una película.

El proyecto era acercar el sonido de la txalaparta a países como la India, Laponia, el Sahara y Mongolia. Aprender de los músicos de allí y enseñar la música de aquí para crear juntos algo único. Y vaya si lo consiguen. Musicalmente el disco es una maravilla, con infinidad de matices que se nos muestran en el documental que acerca su proceso a partir de unas imágenes que buscan bellezas constantes, quizás su mayor defecto.

No obstante el documento resulta muy interesante para descubrir muchos paisajes y muchas tradiciones que no deberían caer en saco roto. Ahora Harkaitz Martinez San Vicente e Igor Otxoa (Öreka tx) están de gira. Si tocan cerca de tu casa, no lo dudes.