El Hombre De Londres (Béla Tarr, 2007)
Un hombre mira. Es su trabajo, mirar. La noche, afuera es fría y a través de los empañados cristales se desarrolla su trabajo. Mirar. El puerto está casi siempre vacío. Llegan barcos que sirven de enlace con un tren en perpetua espera. Todo parece demorarse, incluida la muerte, con su impertérrita espera, su insolente paciencia, la del que sabe de su triunfo final. Y un hombre mira.
Lo malo de un cine como el de Béla Tarr es que su apuesta lo aleja de las salas comerciales. De hecho creo que ninguna de su filmografía ha conocido cobijo nacional. No importa. Hoy tenemos (y ya me empiezo a repetir) un legado semidesvelado gracias a los discos digitales versátiles (DVD) y a las conocidas colecciones cinematográficas de una importante plataforma comercial francesa (no tengo que decir su nombre ¿verdad?)
Todos los días son iguales, fotocopias en blanco y negrísimo del día anterior, pero de pronto, a lo lejos, una diminuta explosión carnal, un crimen, una tilde en una vida de minúsculas, un in crescendo en un lánguido adagio. Y un hombre que mira, lo ve. Perdido en un suelo mojado y oscuro un maletín lleno de dinero.
El cine de Hayao Miyazaki posee algo que muchos cineastas buscan, muchos de ellos sin conseguirlo jamás; un lenguaje propio, basado en una poética de apabullante imaginación, sin caer en los excesos del cine de fantasía. Sus historias, casi siempre protagonizadas por niños que no se extrañan por las maravillas de lo desconocido, que nunca retroceden ante la aventura como único sentido a sus vidas, se desarrollan como en cascada, explotando infinitos mundos en uno para desembocar en los sentidos, en la persona.
Al bueno de Scorsese le debemos mucho del mejor cine hecho en los últimos 30 años, pero no solo el firmado por él, también por el que nos brinda como productor-descubridor (a muchos ni les sonaría el nombre de Kurosawa sin su, lo siento, apadrinamiento a principios de los 90). Pero hoy voy a hablar de un proyecto del neoyorquino en el que también pone su firma, y es que me estoy refiriendo, claro, a esa pedazo de serie documental llamada The blues.
Vaya por delante que, para mí, Joy Division es un grupo sobrevalorado, mitificado como el Che por la muerte prematura del leader, pero que de seguir, hoy serían de la escuela de U2, Depeche Mode y tantos grupos sobrevalorados de la escena. Pero tenían a su propio Jim Morrison, esta vez un jovencito Ian Curtis, insoportable niñato arty, pre-emo, incapaz de quererse ni querer a nadie. Ególatra disfrazado de sensible autor, sus días eran un devenir de los propios días. Unos pijos chicos de barrio pobre, lo peor de lo peor, vamos.
Öreka Tx es un duo de txalapartaris (musicos de 
