Superfumados (David Gordon Green, 2008)
Resulta enervante ver como las distribuidoras españolas juegan con el destino de ciertos productos más que notables con su manía de titular puerilmente dichas obras. Ya hemos hablado de “Paso de ti”, “Lío embarazoso”, “Supersalidos”, “Una guerra muy perra”, por otro lado un soplo de aire helado a la comedia americana, y siempre nos hemos lamentado de sus títulos españoles.
Pues bien, ahora toca hablar de Superfumados. Nada que ver con esa bobada, que cuenta ya con dos referencias, llamada “Dos colgados muy fumados”. El guión que nos ocupa, firmado entre otros por el omnipresente Judd Apatow y su pupilo Seth Rogen, no es una comedia más, de hecho hay momentos en la película que no tienen ni puñetera gracia, y no lo digo en el mal sentido, y es que el film se retuerce maliciosamente para convertirse en un thriller hiperviolento que deja con la boca abierta al espectador desinformado, entre los cuales me incluyo.
Lo que parece que va a ser una comedieta adolescente sobre la juerga y el cannabis, se acaba convirtiendo en una orgía de sangre y explosiones, y en una vuelta de tuerca, con mucha retranca, a la idea de la amistad en las películas. Curiosa y rara por su concepción de la trama, Superfumados se convierte en un curioso alegato sobre un nuevo cine americano, y basta ya de prejuicios por favor, que resulta interesante seguir de cerca. Cine comercial americano….¿Por qué no?
Decepcionante segundo largometraje de un director que impresionó a más de uno con su sobresaliente debut Fotos. Más de diez años después retoma los ambientes opresivos, angustiosos, con personajes al borde de sí mismos, pero esta vez enmarcados en un ámbito terrorífico, algo que empaña bastante el discurso formal.
Desde principios de 2000, cuando se dio a conocer un film fundamental como fue La ciénaga, Lucrecia Martel se ha erigido como una de las personalidades más importantes, cinematográficamente hablando, de Argentina. Ella junto a Lisandro Alonso o Pablo Trapero configuran una especie de triunvirato fundamental, en las antípodas de las producciones argentinas, sensibleras, que ya no están tan de moda como hace unos años.
Ahora que Pedro Costa disfruta de un, merecidísimo, reconocimiento minoritario y cinéfilo gracias al DVD y a Cahiers du cinema, todo hay que decirlo, es hora de saldar cuentas con otros grandes desconocidos como son Jean Marie Straub y Daniele Huillet, matrimonio bien avenido y bien hallado por este portugués errante, que abandona momentáneamente los suburbios de Fontainhas para adentrarse en la sala de montaje de los franceses y seguir (y grabar) su proceso creativo, su mise en montage (cómo odio las expresiones en francés, que pedantes son, pero que bien quedas).
El cine de terror sufre de uno de los peores males; está desgastado, casi no queda nada por inventar dentro de este género que tanto nos gusta a la mayoría, y es que disfrutamos pasándolo mal. Apenas quedan alquimistas que descubran oro en viejas latas, Argento se repite una y otra vez en films que ni se estrenan en salas, Hooper ha desaparecido, Craven ya no interesa a nadie y Romero aburre con sus zombies (con perdón de mi amigo zombiefilo Jaet32). ¿Dónde están los héroes del horror? Hoy nos repugna el extremismo de Miike, la brutalidad vestida de cotidianidad de Haneke, las pesadillas (algunas) de Aronofski y algún que otro descubrimiento en remakes o precuelas de historias ya conocidas (Rob Zombie, Snyder…). Solo nos queda por descubrir el cine de autor. Eso sí que da miedo…
