Dawn, como su nombre indica, está pasando una mala racha. De hecho, el film arranca cuando se trunca su final y despierta, viva, en una bañera ensangrentada de la que ha salido a flote, no como aquel dibujo infantil, años atrás, donde una Venus moría ahogada.
Reece, su psicólogo, le recomienda empezar de nuevo, volver a la casa de niñez, ahora deshabitada y escribir un diario.
Dawn pasea todos los días en la playa de su infancia y allí lo descubre. Está moribundo, lo reanima, le da cobijo en su casa, y poco a poco se va enganchando, quizás por su olor, quizás por su sabor, lo que está claro es que se ha convertido en adicta. Su protegido no es una persona, sino una criatura monstruosa, viscosa que poco a poco crece y se va convirtiendo en necesaria para Dawn. Una droga que la embriaga y excita. Ya casi ni necesita las pastillas recetadas.
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