Pedazos de vida, situaciones deprimentes de un día a día emponzoñado, germen de violencia y horror, como el que se ve en los telediarios a la hora de comer. Inmigrantes, familias distantes, guerras, la lucha obsesiva por el triunfo, sea en los estudios o en tenis de mesa, la incomunicación, siempre la incomunicación como axioma de la violencia autónoma, personal e intransferible, y a eso no se le encuentran respuestas, solo un pozo de amargura, o preocupación. Eso es el terror autentico, el de los balazos a discreción y al azar. La muerte al alcance de cualquiera en cualquier momento. Solo al final la cotidianidad se convertirá en noticia, junto a la guerra de Bosnia y la tragedia ajena. Seremos parte de la tragedia ajena. Todos estamos a unos centavos de ser los otros, de ser las víctimas, sino fuimos eso toda la vida. Nuestro nombre saldrá junto al de Michael Jackson, aunque será tarde. Nuestro minuto de gloria será contando nuestra derrota. Y no importa los ápices de esperanza que la familia tal pueda mostrar adoptando niños descarriados, todo acabará una fría mañana, junto a la enfermedad de aquel señor que vive solo, o su hija que trabaja en la ventanilla de un banco, o la del señor de seguridad, ese que tiene una hija enferma…