Ciclo. Fernando Fernán Gómez. El Pícaro (1974)
Condenado Lucas Trapaza que de pueblo en pueblo te dejas entrever, siempre en busca de algún viajante con pieles o condesa con joyas, mendigando un mendrugo o robandolo como bien te gusta. Malas son tus artes que desempeñas, a veces, con acierto, más es bien verdad que las más de las veces son coces lo que vuesa merced recibe en su santa despensa y no pocas las desventuras que puedes ofrecer a tu mozo de correrías, el Alonsillo, joven altanero, a veces más avispado que usted.
De posada en posada, de hostal en hostal, a veces con yelmos brillantes, otras corriendo entre harapos, incierta es tu vida, más no conoces otra, más no anhelas otra, hasta que son las tripas de usted las que se animan a recordar que los hay con suerte y los hay estrellados. Nunca pierdes la sonrisa y te envalentonas diciendo que de cada desventura se aprende algo nuevo. No se puede esconder que eres un sabio del pillaje y que a las cartas te podrán ganar, pero que como tú no hay tahúr, sobre todo en la segunda luna de Mayo. Y de ésta volverás a salir trasquilado, pero te volveremos a ver si no en aqueste pueblo, en aquel de allá, y espero que esa vez te vaya mejor. Adios condenado Lucas Trapaza, adios amigo, nos veremos en cualquier posada, bebiendo vino del bueno (del que no se paga) y sacando unas moneditas a una vieja viuda rica.
Partimos de nuevo, ese es nuestro sino, el camino cansado de tierra y piedrillas, el sol que pica sobre nuestras frentes y la fria agua de lluvia que entra en nuestros huesos. No es una vida de perros, pero podría ser mejor, podría dar más dinero, aunque no podamos quejarnos, también es cierto que no vivimos como reyes, acaso de nuestro circo montado en torno a nuestras recreaciones. Nos llaman cómicos, qué buen nombre, otros actores, comediantes, ilusionistas, cuentistas. Somos todos y ninguno, habitamos otras pieles, otros nombres y otras vidas y de pueblo en pueblo renovamos ilusiones y llenamos las barrigas. A veces alubias, otras ortigas. Y aunque surja el verso, preferimos la lira, y siempre, contra todo pronóstico, el respetable la lía.
Permítame usted, señor, hablar de lo poco que sé de su vida y milagros, de sus logros y desatinos. No se enoje con mi torpe gramática, piense que muchos peores me precedieron y que, a buen seguro, nefastos pisarán mi tumba. No me grite improperios si en una de éstas caigo en la tentación de adorarle, de decirle al mundo que me quiera escuchar que un rayo de obra suya, de usted, alumbra mi camino, que a buen recaudo me dejo mecer y que no anhelo dulce prisión que su certera pluma de celuloide, su tomavistas de palabras.
