Nostalgia (Andrei Tarkovski, 1983)
Hablar sobre el cine de Tarkovski no es tarea fácil, como tampoco lo es acercarse a sus películas que, hay que reconocerlo, no son precisamente para verlas comiendo palomitas. Su estilo es críptico, extremadamente sensorial, muy poético y a menudo se evade de una narración convencional para hacernos llegar su mensaje a modo de telegrama jeroglífico. Pero es muy grande, de eso no cabe duda.
Los músicos buscan durante su vida un sonido único, que los diferencie del resto, y Tarkovski consigue un estilo que nadie ha pisado, y no creo que nadie lo vaya a pisar. Esos planos amplios, teatrales, esencialmente horizontales, donde se captura el tiempo, esas escenas artificiales, oníricas, creando unas composiciones poéticas, con tomas que se asemejan a óleos donde la luz se debate entre Rembrandt y Caravaggio. Y no podemos olvidarnos del sonido, tan importante el sonido producido por los objetos y personas que vemos como de los que están en off.
Nostalgia nos habla de esa enfermedad que anhela lo perdido, aunque aquí quizás se trate de lo nunca obtenido, lo deseado y jamás alcanzado, una nostalgia sobre lo que nunca existió y nunca sucederá. Un espejismo, como el propio cine de Tarkovski. Quizás por eso siempre que acaba una película del ruso, tengo esa sensación embotada, como de haber viajado en avión, como de haber tenido un espejismo.
El montador y ayudante de dirección de Andrei Tarkovski, Michal Leszczylowsky, aprovecha el rodaje de
Un hombre planta un árbol seco y trata de regarlo. Cree que si un hombre hace algo de forma vehemente con regularidad puede cambiar el mundo, aunque solo sea por su propósito. Su hijo le mira y aprende. Llega un cartero que trae un telegrama. El hombre cumple años y lo celebra en su casa de campo. El niño se va a dormir. Los amigos hablan de Nietzsche y de los incidentes que ocurren de forma cotidiana y de pronto ponen la tele. Se declara la guerra. La herida se abre. El niño sigue dormido. De pronto el hombre reza con vehemencia, pidiéndole a Dios que todo siga como hasta ahora, él a cambio hará un gran sacrificio, renunciará a todas sus pertenencias.
Hablar del cine de Tarkovsky no es fácil. Lo intenté en
Se me requiere un trabajo que no puedo hacer, que no quiero hacer, abusar de la incultura del pueblo para asustarle, no, no quiero, bastantes asustados estamos ya todos. Los tártaros nos invaden y nos ultrajan, violan a nuestras mujeres, queman nuestros templos y nos matan. Y yo quiero huir, el terror se instala, no tenemos salida. Se castiga la blasfemia y el libertinaje, ese Dios que nos dicta y nos ordena, que nos acota y nos bendice, ese Dios tan desconocido por la gente de la Iglesia, tan incomprendido, tan en vano aclamado. Y yo, Andrei Rublev, uno de los pintores de iconos de más prestigio, eso dicen, me niego a pintar los pasajes del Apocalipsis, bastante terror vivimos diariamente, y vemos como nuestra esperanza se quiebra como la campana mal forjada, mal forzada, y de sus lágrimas quizás vuelva a representar los textos sagrados con mis pinceles, pero para entonces ya dará igual si conseguimos huir en globo o nos estrellamos contra el primer árbol. Alguien en el futuro hará un film sobre mí y fotografiará únicamente en color mi obra, subrayándola de mi vida en blanco y negro.
