Spiritual Voices (Alexander Sokurov, 1995)
Una prueba indiscutible de que el vídeo digital ha hecho mucho daño al mundo del cine, hoy toca ser críticos, es que los cineastas-artistas ven una manera muy barata de alargar hasta el infinito y más allá sus guiones. Sin el vídeo digital Pedro Costa no hubiese contado los vericuetos del barrio de Fontainhas primero en 3 horas (No quarto de Vanda) y después en 150 minutos (Juventude em marcha), David Lynch no hubiese alargado la pesadilla (Inland empire) hasta las tres horas, ni Sokurov hubiese seguido a los soldados rusos en afganistán (Spiritual voices) durante 5 horas. Y es que este documental, interesantísimo por otro lado, dura eso, 5 horitas del ala, para contarte lo que en dos hubiese dado el mismo resultado.
Jovencísimos soldados, aprendices del odio bajo la máscara de la seguridad, acampan en Tayikistán, esperando, siempre esperando, un ataque. Los miedos, inseguridades, y tensiones se respiran en los planos de una cámara atenta en todo momento. Una voz en off, leyendo una suerte de diario, en ocasiones demasiado lírico y pedante, una música clásica para dar ese toque arty, y unos planos eternos queriendo captar eso tan difícil que es el tiempo.
No es un documental fallido, no me atrevería a decirlo, pero no es la oda pacifista que esperaba Sokurov. Y es que abrirse paso a través de un documental que arranca con un plano fijo de ¡media hora! No es fácil. La pretensión artística campa a sus anchas a lo largo de los baratos y digitales 300 y pico minutos. En ocasiones fascinante, a menudo aburrido y reiterativo, el documental es una rareza de un cineasta sublime la mayoría de las veces. Personalmente prefiero Alexandra, una pieza que tiene mucho en común con éste Escorial. Me da pavor pensar cuánto hubiese tardado en rodarlo Kubrick…
De todos los post que he escrito en estos años,
Resulta difícil y tremendamente insatisfactorio hablar de la calidad plástica de éste film sin poder echar mano de imágenes, y es que el relato de Sokurov del extremo (y último) cuidado de un hijo a su moribunda madre en un paisaje fantasmal conmueve tanto por el fondo como por la forma. Jamás el color se trató de manera más expresiva, acaso podría haberse tratado de un film mudo y no hubiese importado, por otro lado apenas tiene unas cuantas líneas de diálogo.
Cuando uno cree que en cine lo ha visto todo, vienen cineastas con sus obras para demostrar que la sorpresa está al doblar la esquina y es que Sokurov (desconocidísimo en nuestro país) es uno de los nuevos alquimistas de la imagen. Enmarcado en un cine de reflexión, muy de autor, sus películas son pura literatura, puro teatro, pura filosofía. Quizás tenga más de esos elementos que del propio cine, ya que Sokurov, como la mayoría de los grandes cineastas, no es cinéfilo.
