Luces Al Atardecer (Aki Kaurismaki, 2006)
El otro día hablaba de mis impresiones sobre el cine de Julio Medem, y le reprochaba que se encerrara en su estilo, marcadísimo. Pués bien, como somos humanos, y erramos, hoy me voy a llevar la contraria, que he descubierto que es uno de mis pasatiempos favoritos, y voy a hablar de las maravillas del cine de Karismaki, este finlandés lacónico que se dedica a hacer una y otra vez la misma película, no unas películas parecidas, no, la misma película una y otra vez.
Ante tamaña declaración supongo que seguir hablando de su cine de forma positiva es algo difícil, pero lo voy a intentar. Su cine cuenta pequeñas historias de grandes perdedores, gente a la que la vida no le sonríe casi ni para los créditos finales, crueldad tras crueldad que se ciernen sobre personajes que casi nunca muestran sus sentimientos. Son personajes tan desprovistos de sentimientos e iniciativa que parecen de cuento, pero no de hadas, sino más bien Dickensiano. Las tragedias diarias cierran el camino de unas personas débiles que no saben afrontar lo que se les viene encima.
Cuando uno lo da todo y solo recibe decepciones, el baúl de los recuerdos cuesta cada vez más llevarlo. Eso dice el tango que cierra este magistral film de Kaurismaki, silencioso en palabras y discursivo en sentimientos e imágenes. Un film lacónico, como toda su obra (como él mismo), donde la rutina, el desarraigo emocional, la hondura de las heridas se adueñan de la función.
Sabe de sobra que hoy tampoco va a conseguir trabajo, que volverá borracho y que el restaurante va a pasar a otras manos, que sus antiguos compañeros estarán también en la calle y que apenas conseguirá curro en un sucio bar sin nombre, donde hará las veces de camarera y cocinera, y que llorará por las noches cuando nadie le vea, ni él ni el perro, que deberá guardar sus formas frías y su gesto adusto, que su antigua jefa intentará abrir otro negocio, y que su marido, sordo de un oído no podrá conducir más y eso le llevará a otra crisis de alcohol que le hará venir borracho cada noche, convirtiéndolo en un ser inútil y silencioso, aunque no pueda dejar de quererle, aunque quizás sea por su nula relación social con nadie, ya que su precario trabajo apenas le deja salir a una calle cada vez más vacía y triste como su alma, huérfana de esperanza a pesar de su carácter fuerte, de tirar para adelante contra viento y marea, como alguien pudo haberle enseñado una vez, porque sabe que a pesar de los pesares todo esto no es más que una mala racha, que todo irá a mejor porque éstas no son más que unas nubes pasajeras.
Te escribo unas líneas para que no me acuses de dejado. Iba a empezar reprochándote ésto y aquello, que me dejaste en el peor momento, que no me supiste escuchar, pero he decidido optar por la indiferencia que crea la lejanía por eso he preferido
