Ciclo.FrançoisTruffaut. Los400Golpes (1959)
La vida representada como un cúmulo de desaciertos, como un laberinto de penalidades, sin salida ni esperanza, un ensayo-error constante con la única seguridad que, al final, otro golpe se sumará a los restos. Da igual los sueños, se tornarán pesadillas, acaso han sido otra cosa en otro tiempo. Justo cuando se empieza a vivir, cuando se está fresco en todo, cuando se descubre poco a poco la vida, es entonces cuando los primeros golpes, los secos bofetones de la ignorancia de los mayores, las burlas y demás humillaciones, el colegio, las clases perdidas, los primeros cigarrillos, los pantalones cortos y las ansias largas, los films con rombos o petición de carnet a la entrada, el hurto de los afiches de tal o cual estrella, de Hollywood, siempre Hollywood. La inestabilidad de un núcleo familiar en proceso de descomposición, y qué hacemos con éste niño, la incomprensión de las ganas, la impaciencia del acné, la descatalogación de una vida, de una aspiración por formar, sea Doinel o sea quién sea. Y al final, como siempre, la única salida posible, la mar.
Siempre hay una guerra, no siempre con tiros o muertos, pero siempre con heridos, no necesariamente han de estar dos personas enfrentadas, basta con una mente, un cerebro explosionando en miles de conceptos, una pequeña voz en off que clama por ser notoria. Y hay guerras de tiros, muertos y miles de personas enfrentadas por un mismo interés, ni siquiera esto les llega a unir. Y siempre se busca el desahogo, el ocio anhelado que respira por un poro, por un momento. Y prosigue la espera, un desencadenante en la guerra, interior y exterior, el nerviosismo por lo que pueda suceder, y el miedo a que no suceda nada. Así es el hombre, un conjunto de contradicciones, mejor dicho de contraindicaciones, como las guerras, las de dentro y las de fuera, las de tiros y las otras, hoy petróleo, mañana el euro, pasado mañana a saber. Y nada de eso realmente valdrá lo que hoy supone un minuto de paz, aunque hoy en día, todavía, nuestras manos sigan echando de menos el arma que un día empuñaron. Por eso digo que siempre hay una guerra y que siempre seremos un cabeza de bote.
De entre todos los poetas, escritores, cantautores, gentes de letras, afiladores de ideas, filósofos, lúcidos de profesión o vocación, malditos, benditos, iluminados, prescritos, proscritos, charlatanes, quijotianos y demás ralea, coloco en lo alto de mi pedestal a esa gran presencia llamada Javier Krahe. Supongo que los que hayan leído la anterior frase al completo estarán diciendo que exagero hasta lo inaceptable y que merezco la hoguera, la hoguera, la hoguera.
Ya he hablado varias veces del cine de Wong Kar Wai en éste lugar suspendido en el universo, y retomo al cineasta coreano para reseñar un pequeño gran film, anterior al boom In the mood for love (Deseando amar, quizás la película de la década para un servidor).
Ramon Lluis Bande, escritor y director asturiano, lleva años siendo la imagen, en sentido técnico, de la musica de grupos como Manta Ray, Viva Las Vegas, Aroah, Nacho Vegas o Diariu. Claramente influenciado por kamikazes como Marc Recha o Victor Erice, intenta buscar lo puro en las imágenes cotidianas que registra. Unas imágenes que muestran la realidad temporal, llegando a grabar planos secuencia de varios minutos de una familia comiendo, donde no hay más sonido que el de los tenedores golpeando los platos. Uno de sus trabajos más notables es la traslación a imágenes del espléndido disco de Mus llamado Divina Lluz. 