Ciclo. MichaelHaneke. Cache (2005)
Un fantasma surge de la nada en forma de cinta de video vhs, con horas grabadas de una fachada, nuestra fachada. Alguien nos la deja en la puerta de casa. Así uno y otro día. La curiosidad se convierte en preocupación y éste en terror. ¿Quién nos graba y por qué? Quién nos quiera hacer la vida imposible lo está consiguiendo, pero ¿qué le mueve? Creemos saber quién es, solo porque nuestra conciencia le acusa. Nos acusa. Por eso es el principal sospechoso. Dudamos porque tiene razones para odiarnos, porque hicimos algo contra él. ¿No será ésta una forma de autoacusarnos?¿De no cauterizar una herida lejana? Quizás las cintas de video no existan, o somos nosotros esas grabaciones acusadoras. Nuestros miedos se han materializado y se están reproduciendo en la televisión ante nuestros invitados. Estas dudas abren grietas en nuestra perfecta armonía. Y así no se puede educar a un hijo, ni siquiera atenderle. Lógico que se quiera escapar, lógico que cada día discutamos más. Cuando todo pase nos daremos cuenta que los videos no nos acusaban de nada, todo era nuestro interior. Aún así…. ¿Seguirán llegando vídeos?
Lúcido perturbador, a Haneke le gusta multiplicar las preguntas y restar las respuestas. Le interesan las hipótesis, y le da igual la taquilla, sabe que triunfa en cada film que hace, porque su fin es la propuesta, no el resultado o su solución. Suele partir de situaciones cotidianas para ir envenenándolas poco a poco y llegar a un desenlace que golpea por su sequedad, no por su violencia. Sí que guardan mucha violencia sus films, aunque pocas veces se nos muestra, más bien vemos aterrorizados sus consecuencias. Eso es lo que duele, eso es lo que le interesa. Que el dolor arranque la pregunta y que la falta de respuesta cómoda nos duela un poco más. Los personajes de Haneke no son locos, ni perdedores, no son excluídos ni torturados, son gente normal que viven en la comodidad de una sociedad benigna con ellos, hasta que algo no sigue el curso del río y, por muy leve que sea, eso acabará generando una tormenta que alborotará todo el océano.
El gran jujitsu se basa en el conocimiento de la humanidad personal, no en la Humanidad total, esa que lucha contra nosotros porque no entiende que no somos guerreros, sino marciales en nuestra mente y en nuestras artes. No lo olvides, no siempre va a estar el palo en el fango esperando que redimas tus pecados a costa de tu terca obstinación a demostrar tus conocimientos, no, para ser maestro del gran jujitsu hay que ser gran persona y eso no se puede enseñar, eso se ha de ser, es parte de ese ADN de los elegidos, entonces será cuando se pueda esperar al enemigo sin miedo a perder, porque algo habrá hecho “click” en tu interior y sabrás que ha llegado el momento. El gran jujitsu no sabe de odios, solo sabe de justicias y a ella estas llamado a prestar servicio.
Complejo en su sencillez, genial en su cotidianidad, humanista propio y universal, historiador irrepetible y revisor fiel de grandes obras literarias, fundador de un lenguaje sobrio, intenso, mago y arquitecto de las imágenes, hábil en sus pinceladas de vida, en los retratos de seres vivos, atomizador de sentimientos y sentidos, escultor de formas y figuras, dictador de nuevas normas antidictadura, simple narrador de sucedidos y epopeyas, de guerras y paces, de amores y odios, de infiernos y cielos, demiurgo de lo tangible y lo que no se alcanza, filosofo de lo más grande y lo más pequeño, como sus escenas, cronista de una realidad ficcionada, maestro, discípulo, totalitario, genio, perfecto.
Se me requiere un trabajo que no puedo hacer, que no quiero hacer, abusar de la incultura del pueblo para asustarle, no, no quiero, bastantes asustados estamos ya todos. Los tártaros nos invaden y nos ultrajan, violan a nuestras mujeres, queman nuestros templos y nos matan. Y yo quiero huir, el terror se instala, no tenemos salida. Se castiga la blasfemia y el libertinaje, ese Dios que nos dicta y nos ordena, que nos acota y nos bendice, ese Dios tan desconocido por la gente de la Iglesia, tan incomprendido, tan en vano aclamado. Y yo, Andrei Rublev, uno de los pintores de iconos de más prestigio, eso dicen, me niego a pintar los pasajes del Apocalipsis, bastante terror vivimos diariamente, y vemos como nuestra esperanza se quiebra como la campana mal forjada, mal forzada, y de sus lágrimas quizás vuelva a representar los textos sagrados con mis pinceles, pero para entonces ya dará igual si conseguimos huir en globo o nos estrellamos contra el primer árbol. Alguien en el futuro hará un film sobre mí y fotografiará únicamente en color mi obra, subrayándola de mi vida en blanco y negro.
